Otros cuentos de terror para Halloween

06.10.2013 18:44
 

 LA SANTA COMPAÑA

 

Me llamo Águeda y tengo 16 años, hace una semana mi padre me dio una noticia que ha cambiado mi vida: nos mudamos a Galicia, a kilómetros de distancia de mi hogar, por que le han ofrecido un buen empleo en un pueblucho perdido de la mano de Dios.

Mi padre es un buen médico, pero cuando mi madre murió hace ya un par de años por un cáncer terminal, él se hundió, y le despidieron del hospital donde había trabajado toda su vida. Sin trabajo, sin vida social y con muchas facturas pendientes de pago (la mayoría por la larga hospitalización de mi madre) al cabo del tiempo el pobre hombre se ha encontrado en un callejón sin salida, y obligado por las circunstancias a aceptar este trabajo de medico de pueblo en un lugar para mi tan lejano.

Ahora, una semana después, ya estoy deshaciendo las maletas y hirviendo de rabia por haberme obligado a abandonar todo lo que me es conocido para enfrentarme a nuevos retos en esta tierra inhóspita. Vengo de una ciudad grande llena de luces y sonidos. Pero este pueblo es todo lo contrario. Perdido en la inmensa frondosidad de hectáreas de bosques, las únicas luces proceden del interior de las pocas casas que nos rodean. Y no hay más ruidos que los que produce el bosque cuando cae la noche, y son unos ruidos escalofriantes cuando estás sola en casa una vez ya ha oscurecido.

Son ya las nueve, mi padre no tardará en volver de casa de la vieja Gertrudis, que vive al otro lado del pueblo. Me dispongo a preparar la cena, cuando el timbre empieza a sonar como si para la persona del otro lado de la puerta encontrar a alguien en casa fuera asunto de vida o muerte. Aquí no conozco a casi nadie aun, así que me susto por la insistencia del estrepitoso sonido. Abro con cautela, pero de un empujón el intruso me aparta y entra en casa. Con el corazón desbocado busco frenéticamente algo con lo que repeler el ataque del desaliñado ser cuando por fortuna me doy cuenta que me resulta conocido, es Miguelito, el nieto de la señora Gertrudis, de mi misma edad. Debe haber venido corriendo desde casa de su abuela, cuando consigue recuperar el aliento me explica que ha habido complicaciones y mi padre necesita el maletín negro que hay en su despacho, donde guarda el instrumental para operar en situaciones extremas. Entiendo la urgencia que supone que mi padre haya mandado buscar este maletín, así que lo cojo y salgo de casa siguiendo a la carrera a Lito, que por suerte está cansado y ya no va tan de prisa. Para acortar camino decidimos ir por el atajo del bosque, que no me hace mucha gracia, pero me parece la mejor opción en este momento.

En el bosque, la única luz que nos ilumina el camino es la de la luna, que da una imagen fantasmagórica a todo cuanto nos rodea. A medio camino Lito da un traspié cae resbalando por un pequeño terraplén a mi derecha. Por el ruido no debe haber caído muy abajo, pero la oscuridad que hay allí abajo me impide distinguir a Lito. Grito su nombre un par de veces.. nada. Joder, que hago yo ahora? No conozco el camino de salida del bosque, para que engañarnos, no se ni donde estoy ni donde cae el pueblo. Tengo que encontrar a Lito antes de que mi cerebro sea consciente de que estoy perdida en un bosque extraño en plena noche, y sin compañía, al parecer.

Me siento en el borde del terraplén y con una mano agarro fuerte el maletín en mi regazo. Poco a poco, frenándome con los pies y agarrada a raíces que salen del terreno, bajo hasta donde ha caído mi nuevo amigo, pero no lo encuentro donde se supone que debería estar. Vuelvo a gritar su nombre, esta vez más asustada.
- Lito!! Donde estás?! Si es una broma no tiene gracia! LITOOO!!

Las lágrimas ya asoman a mis ojos. Nadie contesta a mi angustiado grito, y la verdad, estando su abuela tan grave como creo, dudo mucho que Lito tenga ganas de jugar al escondite. Pero donde está?

- Lito por favor contéstame!! Lito donde estás?!

Otra vez silencio. ¡Espera, creo que he oído algo!, una especie de chirrido metálico no muy lejano. ¿que puede ser? Suena como un viejo columpio meciéndose con una suave brisa.. ñiiic.. ñiiiic.. tal vez Lito se ha hecho daño y ha ido a refugiarse a algún lugar cercano.. rodeada de árboles, tengo el cuerpo completamente helado de frío, al salir con tantas prisas ni me he cambiado, voy con un pijama de pantalón corto y la chaqueta tejana, y en este bosque hay una temperatura muy baja. Además cada vez soy mas consciente de mi situación, cada vez el nudo en mi garganta me ahoga más.. el miedo se está apoderando de mí, pero debo mantener la calma. No existen los fantasmas, ni los duendes, ni las meigas.. pero ¿qué es eso? Hay unas luces allí a lo lejos, son pequeños puntos de tenue luz amarillenta que se alejan por donde he oído ese extraño sonido chirriante. Puede ser un comerciante o unos viajeros extraviados, como yo. Dado que es la única señal de vida que me rodea me acerco cautelosa a las luces, dando un pequeño rodeo para interceptarles el paso por un lateral. Me acerco y escondida entre los espesos matojos espero que aparezcan ante mí los portadores de las lámparas que he visto.

Un suave tintineo se eleva sobre los ruidos de los animales que permanecen despiertos durante la noche. Ya no se si estoy más asustada por el bosque o por el extraño comportamiento de la gente que espero. Al fin asoma el grupo que persigo. La sangre se me hiela en las venas, mis músculos se tensas y un grito muere en mi garganta. Frente a mí desfilan, como en procesión, ocho tétricas figuras vestidas con una gran capa blanca que les cubre todo el cuerpo y el rostro. La primera, más cercana a mi, coge con una mano alzada una pequeña campanilla que tintinea a su paso, aunque no logro ver ningún movimiento que explique este sonido. Dejo de mirar. Tengo miedo de que me descubran. No se quienes son ni que hacen en el bosque a esta hora, debe tratarse de una secta de locos fanáticos o algo así, prefiero no descubrirlo, la verdad. Pero la curiosidad puede más que yo, y me asomo por segunda vez entre los matorrales para ver esa extraña procesión. Las capuchas me impiden ver el rostro de esa gente, con lo que dirijo mi atención a su ropaje y las antorchas que portan.. también son blancas y la luz que emiten no ilumina demasiado, no parece la luz que refleja el fuego, es demasiado suave.. Dios mío! No son antorchas! SON HUESOS!!

Ya no puedo más. Todo esto es demasiado para mí. Me arrastro sigilosamente y doy media vuelta, alejándome de estas fantasmales figuras por donde he venido. Cada vez mis pasos son más rápidos y mi pulso se acelera por momentos. Creo que voy en línea recta, pero sigo sin saber donde estoy. Me paro junto a un árbol y me apoyo para recuperar fuerzas. Ya no veo ninguna luz, y me tranquilizo un poco. Al incorporarme para seguir mi marcha, golpeo algo con el hombro y esta vez el chirrido se oye justo encima de mi cabeza, El follaje es muy espeso en esta zona y la claridad de la Luna no es suficiente para ver qué es lo que cuelga sobre mí.

Me acerco un poco más y agarro con la mano lo que parece ser.. la pierna de Lito!! Eso era el chirrido que oía! Frente a mí estaba el cuerpo inerte del nieto de Gertrudis, colgado de una rama, ahorcado. Muerto,

Tiro la cartera negra de mi padre y de mi garganta sale el grito que hace poco allí moría. Se me cubre el cuerpo de un incomodo sudor frío. Grito y grito hasta quedarme sin aliento. Y me pongo a correr. Corro como si el mismísimo diablo me estuviese persiguiendo. Corro hasta sentir que los pulmones me van a reventar. Grito, lloro, corro y al fin llego a casa de la vieja. Entro dando un portazo, le explico a mi padre parte de lo sucedido y sale en busca de Lito, junto con el policía local, casualmente vecino de Gertrudis.

Al quedarme sola con la vieja, las piernas me flojean y el cuerpo entero empieza a temblar. Ella, amablemente me ofrece una taza de té, y me pide que me tranquilice. Ya se que no me va a creer, pero se lo explico absolutamente todo, como si contándolo desapareciera el recuerdo de mi mente. Gertrudis entonces se pone seria, y me comenta que lo que he presenciado es lo que se conoce aquí en Galicia como “la santa compaña”, una procesión de almas en pena que vagan por los bosques. Dice la leyenda que si ves una procesión mueres y te unes a las almas errantes.

Desde entonces soy incapaz de dormir por las noches. Mi padre encontró su maletín negro y oí que había una soga atada a una rama cercana. Pero a Lito no le hemos encontrado. Si lo que me ha contado Gertrudis es cierto, Lito murió por ver la procesión, y yo también la vi , así que debo estar condenada a morir en estos bosques de Galicia, como veo cada vez que logro conciliar el sueño.

 

 

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